martes, 25 de agosto de 2009

La Familia De Origen





Cuando fui pequeña mi familia cumplía con los criterios convencionales y tradicionales de normalidad de la época, por lo tanto si bien domésticamente sucedían una serie de irregularidades, para la vista de un otro apresurado y transeúnte no había nada de qué asombrarse, nada fuera de lo normal podría decirse.
Conformado el clan por un padre y una madre biológicos, hermanos, abuelos, etc no había motivos evidentes para suspicacias o críticas directas por parte de algún miembro o sector de la sociedad.
Eramos una familia clásica, por lo menos respecto a su constitución.

Qué distinta es la situación que me tocó vivir a mí cuando crecí y conformé mi propia familia! A veces imagino cómo me sentiría viviendo en una comunidad mas evolucionada, sin tener que preocuparme por el efecto de los prejuicios y sus cobardes y solapadas sanciones.

Ya venía remando con mi sexualidad en los inicios de mi adolescencia. Sentía el peso de mis inclinaciones lésbicas. En ocasiones mis actitudes fueron tan marcadas que comencé a padecer los juicios categóricos de algún adulto cercano que pretendía darme un correctivo y reconducirme por la vereda del sol, de la salud, de la normalidad, y no sé qué ocho cuartos pasaba por su cabeza.
El alboroto provenía de las autoridades del colegio, aquellos que paradójicamente se encargaban y eran responsables de mi educación escolar, incluída la moralidad y las buenas costumbres.

No fueron precisamente mis padres quienes respondían de esa manera, se mostraban ciertamente tolerantes, al menos no recuerdo confrontación alguna con ellos en aquel entonces por ese tema.
Pienso que estaban convencidos que era un fenómeno un tanto excesivo pero habitual a esa edad y que iba a pasar con el tiempo, iba a ser superado por su brillante hija en su próxima etapa.
La confrontación vino después, claro, cuando el “fenómeno excesivo” se fue extendiendo en el espacio y el tiempo hasta llegar a tener nombre de mujer, un D.N.I., un teléfono, una dirección, una cita… y lo empecé a presentar luego como una relación.

Pese al picado oleaje generado –me gustaría saber por quién- no tenía mas remedio que surfear las olas… y … casi milagrosamente -sin tener la intención de tornarme mística- puedo decir que: llegué a la playa, sobreviví, y hasta me fortalecí a medida que fui construyendo mi vida y en particular mi personalidad. Tuve que pelear fuertemente por mí. Ya no permitiría que nadie intente arrasar mi identidad.

A veces recuerdo y pienso en algunos chicos que conocí que no llegaron a sobrepasar estas situaciones, la depresión y el aislamiento los silenció definitivamente y lamento que hayan perdido la oportunidad de vivir y de poder ser felices como lo he sido y soy yo en distintos momentos de la vida. También lamento la medida de mi ignorancia y arbitrariedad , desestimando en cuánto afectan a un tercero mis conductas, mis opiniones y comentarios, hasta mis chistes cargados de ideología.
Es que somos protagonistas siempre… aún por omisión.
Hoy que tengo un hijo, percibo con mayor intensidad esta cuestión. Pol tiene puestos sus ojos en mí y en su madre, sus sensores leen, interpretan, clasifican continuamente todo lo que hacemos y decimos.
SOCORRO!!!!

2 comentarios:

  1. Este escrito mecería ser publicado en alguna revista de divulgación lésbica.Me ha encantado la manera que tienes de explicar tu infancia en ese aspecto y cómo te has formado a tí misma.
    Lo he releido tres veces y es genial.
    Un abrazo

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  2. Madres lesbianas: Gracias, nos incentiva a seguir escribiendo. Cariños.

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